28 de enero de 2008

¿Quién?

No soy más que un niño que patalea para ver si alguien se vuelve y le regala un bocadillo de perlas.
No soy más que un joven con las manos ardiendo atrapado en la mentira de la que se esconde.
No soy más que un buscador de oro en el cauce reseco del arroyo que solía surtirle de esperanza. Allí clavado, convertido en paisaje, se confunden mis gritos con los besos del agua que bajaba furiosa entre las piedras. Desde su refugio el guarda forestal escucha y asiente satisfecho, nada ha cambiado piensa, el agua sigue su cauce, sigue hablando el mismo idioma de siempre. Se queda cerca del fuego calentándose las manos, con la calma que da la ignorancia empieza a cerrar los ojos, se duerme, se muere, desaparece sin saber que las verdades se disfrazan de costumbre.

Mientras dudo me consumo, me adelantan a una velocidad excesiva, por la derecha y por la izquierda, veloces ideas sin rostro, y yo sigo empecinado en mantener esta expresión impasible, esta boca abierta repleta de moscas que dan tirones a mi lengua, estos ojos opacos detenidos en un tiempo no inventado.

24 de enero de 2008

Fresas

Hoy he probado por primera vez las fresas con azúcar. Sigo prefiriendo los dedos que mamá metía en el azucarero cuando llegaba de trabajar en los invernaderos. “Toma, niño —me decía tendiéndome la mano—, fresas recién cortadas”.

22 de enero de 2008

Desesperada cuenta

tengo cuatro minutos
para desenredar tu pelo
en un resumen de casquería anatómica
un juego
desconstruido
esparcido
amontonado
la manos limpias de cráteres
la boca cerrada
las pirámides sin la sabiduría de las momias

apenas cuatro minutos
para contonearme y caer mito
para limar las espinas de mis tobillos
acotar el contorno de mis ansias
y morir sin epitafio ni estertores

cuatro minutos
para desnudarme de la tragedia obesa
cuatro minutos
que saciarán este hambre encorvada

17 de enero de 2008

Comienzo

Las yemas arrugadas del recién nacido, el escozor en los ojos, el llanto atronador. Mientras que habla un muerto Ángel González yo intento ser la matrona de mi propio renacer. Intento tomar ejemplo de él que supo ignorar lo evidente y acariciar desde dentro otras pieles, de él que supo disecar el torrente del agua, que supo despertar curiosidad entre los hombres de bombín y hebras de humo, lo intento pero sólo se escucha el llanto que reclama un espacio diminuto, un lugar en este desvanecerse, en este adentrarse más y más en lo desconocido.

Húmedo, tembloroso, satisfecho, mastico la soga que une mi ombligo con ese Víctor que duerme para no despertar.

Excitado, nervioso, brillante. El chirrido de la puerta que se abre y ya no corro pasillo abajo, me quedo ahí, esperando, negando la posibilidad de revisar las manchas dejadas a modo de testamento por mi sangre mentirosa. Esperando a que la luz se dibuje en el quicio, a quedarme ciego y avanzar a tientas palpando con la punta de mis dedos los troncos de los olivos. Esperando desbrozar con más ensayos que errores las ansias de ser semejante al que gritaba intenciones en brazos de una madre atónita.

En este bautismo de mañana sin importancia apoyo mis ganas en la condición espesa de las cosas, sólo para poder ponerme en pie, para aprender lo que es el equilibrio mientras mamá se come la placenta y el arnés de seguridad. En este comienzo hastiado comienzo a atisbar la condición huidiza de los deseos.

Lloro de esperanza y río de insatisfacción.