19 de octubre de 2010

Mediocridad

Entendí mal. La mediocridad de los hombres no reside en la falta de empuje para perseguir metas. Entendí mal y me desperté persiguiendo guepardos, perseverando en acelerar, en correr más que el más veloz de los animales: la idea que asumimos de nosotros mismos.

Entendí mal. La mediocridad no se mide según los niveles alcanzados. Entendí mal y acabé adornando ciudades crueles con flores de plástico, tapando el podium con enredaderas para que nadie se percatara de la ausencia de mi campeón.

Entendí mal o no quise enterarme. Pero no es posible correr toda una existencia ni gastar más en adornos que en verdad. Mediocre el hombre que va en línea recta, el que deja de serlo para morir siendo una carrera inacabada. Mediocre yo por intercambiar bilis y recibir migajas de éxito.

Así que ya no escucho a mi entendimiento, no me apresuro para llegar a sitios lúgubres ni tapo las grietas de mis edificios derrumbados. Ahora sólo temo al olvido y a los guepardos que salen disparados al verme cuando paseo después de cada terremoto.