19 de febrero de 2011

El Observador

Pasa el llanto del platanero que se eleva hacia el cielo llenando el suelo de penachos anaranjados.
Pasa el batir de los jaramagos en el eslalon de las lagartijas buscando un refugio.
Pasa la vieja que en una mano lleva una comprita apenas suficiente para alimentar sus huesos y en la otra lleva dos huevos de chocolate que le han costado más que las cuatro rodajas de pescadilla para su cena ritual. Es sábado y mañana vienen los nietos y sus ojos brillantes miran a los huevos como si en ellos estuviera encerrado el secreto de la felicidad que tiene un sabor desconocido, que ella imagina en el paladar como frutas tropicales estallando.

Se me escapan tantas cosas por galopar en una queja continua que las que capturo me hacen enrabietarme.
Porque eso es lo que no tengo y con lo que estaría enteramente satisfecho. Esa capacidad de mirar y apreciar todos los pequeños detalles que merecen ser elevados de la monotonía y que hacen que las personas no sean simples pingajos de carne y malos humos.
Sería dichoso si se me asignara el cargo de narrador omnisciente que todo lo ve y lo sabe. No porque esté en mi mente, no porque sea fruto de la liberalización del mercado de dioses, sino por el hecho de saber deducir a través de los pequeños hechos invisibles la grandeza de la realidad. Así podría dejar de detestarla.

17 de febrero de 2011

14 de febrero de 2011

Siembra

A las personas es imposible educarlas. Se resisten a ser lo que otros les dicen tienen que ser. A las personas hay que sembrarlas, dejar caer lo que uno siente como conocimiento sobre sus sentidos y esperar.
Hay que saber que jamás recogeremos los frutos que dejemos en su tierra, no nos pertenecen y ni siquiera se parecerán a los que cosechemos para saciar nuestro hambre. Algún día, si aquellos que consideramos fértiles, permanecen a nuestro lado, podremos descubrir nuestra mano en sus frutos. Eso debería bastarnos.