13 de septiembre de 2017

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Salida 9. Efectos de la poesía (I)

Es la chispa que me despierta, que me demuestra que soy real y capaz de aproximarme a los otros iguales. Es un efecto efímero y adictivo, por eso no puedo dejar de buscarlo. Experimento las subidas y bajadas que se asimilan a un síndrome de abstinencia sin sustancia.

Es antiséptica. Ayuda a cicatrizar heridas, las endurece para que podamos tocarlas y jugar con ellas, arrancar la postilla y ver la piel a medio sanar que hay debajo. Nos presenta nuestras cicatrices traducidas a un idioma que podamos soportar.

Me da motivos para levantarme cada día porque la poesía limita con la benevolencia. Cuadra mi visión para atender no solo a lo grotesco, a lo que funciona mal, sino también a lo que de creadores tenemos todos los hombres.

Es un gimnasio gratuito para ejercitar los sentidos y la curiosidad. Porque en nuestra vida disparada solemos olvidarnos de hacerlo y acabamos prefiriendo lo enlatado, lo conocido, lo esperable.

Cuando miro en ella comprendo mejor a los que caminan a mi lado y me acerco a los que ya no andan o a los que lo hacen por territorios que son reales aunque para mí, por simple efecto de la distancia inabarcable, se me olvida que existen.

Para ligar no sirve, me gusta contemplar las caras de las personas que conozco cuando les digo que escribo poesía.

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